Relato del Miedo en San Luis Potosí

Por Eduardo José Alvarado Isunza

Fueron minutos de pánico para quienes nos encontrábamos en las inmediaciones del sitio del tiroteo entre pistoleros y policías ese jueves 29 de noviembre en pleno centro histórico de la ciudad de San Luis Potosí.

Unos estábamos desconcertados porque desconocíamos qué sucedía en el trecho de la calle de Independencia, entre Carranza y la Plaza de Aranzazú. Y otros huían despavoridos del punto de la confrontación.

Yo estaba parado frente a la estatua de Juan del Jarro, en el Jardín de San Francisco, minutos antes de las 8 de la noche, cuando escuché el tableteo de los temibles AK 47 y unos breves destellos de luz blanca.

Claro que en ese momento no sabía que ese ruido era provocado por esos rifles de fabricación soviética, que misteriosamente han caído por centenares en manos de pandillas criminales.

A causa del ruido miré en dirección del callejón que va por un costado del templo de San Francisco y da hacia la Plaza de Aranzazu. En el fondo del callejón ví personas huyendo aprisa y otras dirigirse hacia allá.

Pensé que había tronado un transformador de electricidad y había sucedido un incendio. Creí que eso era, porque además comencé a ver una tenue nube de humo.
Iba acompañado de dos chicas estudiantes de una escuela ubicada sobre la calle de Vallejo. Regresábamos a casa y ellas iban a tomar sus camiones. En la esquina de Universidad se entretuvieron a mirar un restorán.

Les reprendí por su distraída forma de andar por la ciudad.

–¿No ven que está sucediendo algo? ¿No tienen sentido de la realidad? ¡Aquí está pasando algo y no se dan cuenta! –les corregí, tomándome en serio mi papel de profesor.

No sabía lo que sucedía a cien metros. Un policía en una moto de cuatro llantas pasó veloz a nuestro lado. Sentí las llantas en mis pies. Trepó al jardín por una rampa y siguió por el callejón hacia Aranzazú.

Miré una cara tensa. Mis alumnas y yo nos quedamos viendo. Una de ellas movió nuestra curiosidad y, junto con nuestra curiosidad, también se movieron nuestras piernas. Fuimos allá.

Empezamos a caminar por el callejón y ya nos encontrábamos a mitad del camino del sitio del enfrentamiento, justo a la entrada de un restorán. Entonces vimos correr hacia nosotros a dos jóvenes (un hombre y una mujer).

Eran policías vestidos de civil. No llevaban armas o al menos no las ví. Solamente ví que traían radios de intercomunicación en sus manos. Estaban alterados. Ví miedo en la cara de la mujer policía.

–¡Protéjanse! ¡Asegúrense! ¡Métanse a los puestos, a los restoranes, al templo! ¡Rápido, protéjanse! –gritaban a las personas, entre indios, hippies y transeúntes, que nos encontrábamos en el callejón.

Después, ya sin la sensación de esa tarde, me dio gracia eso de protegernos en los puestos de aluminio de los vendedores, pues otro día ví los hoyos de más de una pulgada en las paredes, causados por las balas.

De nada nos hubiera servido escondernos detrás de una frágil lámina. Pero entonces no me dio gracia esa ocurrencia, sino simplemente pensé en salir rápidamente del callejón.

Aceleré mis pasos para volver hacia el jardín y salir del sitio en que ahora estábamos. Dejé atrás de mí una puerta abierta de un consultorio médico. Mis ideas me decían que debíamos salir del callejón.

Volteé a ver a mis alumnas para cerciorarme de que también caminaban aprisa detrás de mí. Pero las miré congeladas en el mismo punto en que nos encontramos con los policías.

–¡Corran, niñas! ¡Rapidito, vénganse! –les grité.

Parece que mi voz las hizo reaccionar, porque salieron de ese trance en que habían caído y comenzaron a correr hacia donde yo estaba. A pocos metros estaba otra puerta abierta de una vieja casona.

Otro grupo de policías en motos y con sirena abierta pasó velozmente junto a nosotros. Tuvimos que hacernos a un lado de un brinco para evitar ser atropellados.

Aquella casa es ocupada por el Instituto de la Juventud. Delante de mí estaban entrando ya otras personas. Pensé que lo mejor sería refugiarnos allí y no seguir hacia el jardín. Allí nos metimos.

Encontramos empleados desconcertados. Nos preguntaban por qué estábamos allí y qué sucedía. El titular del despacho hacía llamadas por celular. Ví a Martha, a quien conocía de antes.

Ella es la jefa de Comunicación Social de esa oficina. Sus hermosos y grandes ojos negros estaban todavía más grandes, y ahora no expresaban su habitual calma, sino turbación.

Con nosotros entraron una indígena y muchachos dedicados a elaborar trenzas y collares. Junto a mí, un chico tenía una risita nerviosa. Trenzaban su cabello con hilaza cuando llegaron los policías.

Dijimos a los empleados lo poco que sabíamos. Escuchamos nuevas detonaciones. Entonces supe que eran armas. Un rato después abrimos la puerta. Aguzamos los oídos para saber si ya podíamos salir.

Aparentemente todo había cesado allí y salimos de la casa. Entonces caminamos rápido hacia el jardín de San Francisco, tomamos Vallejo para dirigirnos hacia la Plaza de Armas. Todo era turbación y angustia.

Sobre Vallejo encontré a dos funcionarios de gobierno caminar muy aprisa hacia el jardín. Eran María Luisa Paulín, jefa de Comunicación Social del gobierno, y Jesús Zarzoza, encargado de Asuntos Políticos.

Paulín, a quien también conozco, me saludó nerviosa. Ambos llevaban el pánico pintado en sus rostros como máscaras. Pensé que algo grave sucedía. Detrás, Toño Meza quería correr con sus cien kilos de peso.

Como también es empleado de Comunicación Social, le pregunté qué pasaba.

–A eso voy… No lo sé – me dijo agitado y siguió corriendo hacia San Francisco.

Llegamos a las puertas de las Cajas Reales, justo detrás del Palacio de Gobierno. Un grupo de personas preguntaban a un policía qué sucedía. Era joven, delgado, con uniforme muy bien puesto.

Pero también se notaba cómo su cuerpo estaba sacudido por los nervios. Batallaba por verse sereno y en línea vertical. Sólo nos indicó que debíamos retirarnos de allí, que nos moviéramos hacia la Alameda.

Ya entonces todo el centro de la ciudad estaba invadido de policías. Sonaban sirenas y chicharras por todas partes. Ajenas a aquello que sucedía, escuché a una mujer decir a otra que la fiesta debía estar buena.

Llegamos a la Alameda. Acompañé a las estudiantes a su parada de camión, frente a una vieja máquina de tren que hay allí como monumento a nuestra antigua, rica y ya destruida cultura ferrocarrilera.

Yo atravesé por la Alameda y caminé hacia el puente de avenida Universidad. Por el puente descendían ambulancias y patrullas con sirenas abiertas. Venían del rumbo del Distribuidor Juárez.

Como ya entonces sabía que había ocurrido una balacera en la calle de Independencia, deduje que había sucedido otro enfrentamiento en otro punto muy distante de aquel sector donde estábamos.

Pensé que aquellas ambulancias llevaban heridos. De otra forma no llevarían encendidas sus sirenas en dirección del Edificio de Seguridad Pública.

Oficialmente nada se sabe de una balacera en el rumbo de la carretera 57 o de la Diagonal Sur. Pero el pueblo tiene versiones de otros combates entre pistoleros y policías en algún punto en esa dirección.

Llegué a casa y platiqué a mi esposa lo sucedido. Se preocupó y hablamos por celular a nuestra niña que se encontraba en el centro. Le pedimos volver rápido a casa.

–¡Súbete al primer camión que veas! ¡Hubo una balacera! –le dijimos, nerviosos.

Ella sabía ya de otras dos balaceras. Mi esposa platicó que un día antes había sido asesinado un veterinario. Lo supo por su madre, quien trabaja en el Hispano Mexicano.

En ese colegio estaban tristes porque aquella persona dejó a su pequeño hijo en la puerta del preescolar. Todavía platicó del progreso del niño con sus maestros. Volvió a casa y allí lo mataron.

Fue asesinado con una bolsa de plástico en la cabeza. Su crimen lo firmó la mafia. Exactamente una semana antes, un artefacto explotó en una zona residencial, cuando pasaba Cesáreo Carvajal, jefe policiaco.

Esperamos las noticias. Pero Javier Alatorre ni mencionó lo sucedido y Joaquín López Dóriga dio menos de cinco segundos para una balacera con muertos en pleno centro de la ciudad de San Luis Potosí.

Aún así, el pueblo crea sus propios canales de información, cuando los instituidos para esa función se niegan a informar ampliamente. Muchas versiones he escuchado de lo sucedido la noche de aquel jueves.

Una que me ha impactado refiere cómo fueron los segundos de pánico que vivieron los adolescentes de la Secundaria José Ciriaco Cruz, a varios kilómetros de la Plaza de Aranzazú, donde yo estaba.

Como el comando de pistoleros huyó del centro en línea recta por la calle de Independencia (cosa inexplicable por lo angosto y transitado de esa ruta), éste llegó al entronque con avenida Himno Nacional.

Allí estaba una patrulla de policía cerrando el paso a los criminales. Pero éstos arrojaron al menos una granada al vehículo y dispararon sus armas. Eso pasó mientras centenares de jovencitos salían de clases.

Refieren los mismos muchachos que trataron de subirse a los camiones, pero los choferes cerraban las puertas y desesperadamente también trataban de huir del sitio.

Estudiantes de secundaria quedaron parados en las banquetas, a merced de las AK 47 que disparaba el comando, a veces al aire, para obligar a los automovilistas a hacerse a un lado.

También se escuchan versiones de ese mismo pueblo a quien se le niega su derecho a estar informado. Así se habla de que entre los muertos hay un ciudadano. Pasaba por el templo de Acción Católica, ajeno a todo.

A una semana de aquella noche de pánico no sólo no existen suficientes explicaciones oficiales que nos informen exactamente lo sucedido, sino que han ocurrido nuevos hechos criminales.

Un día después de la matanza en el centro, un hombre fue supuestamente acribillado en las inmediaciones de la Zona Militar. Enfermeras de la Cruz Roja dicen que fue un soldado.

En la colonia Santa Fe, otro hombre fue asesinado a balazos, apenas el domingo siguiente de la balacera en el centro. Sin embargo, la posición oficial y sus medios insiste en ocultarnos lo que es evidente.

San Luis Potosí es una zona más del territorio mexicano donde mafias criminales se disputan su control y su gobierno. Necesariamente creemos que esto es a consecuencia de los nefastos gobiernos panistas.

ealvaradois@yahoo.com

 

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5 pensamientos en “Relato del Miedo en San Luis Potosí

  1. Sabrina dice:

    y cuando llevaban al oficial aduanal de US al hospital angeles. UN doctor fue herido Y la balacera de Morales que tanto negaron, si paso, y por que directito quieens se tumbaron al suelo en Morales o se escondieron en el baño me contaron. Total qeu dicen que no pasa nada, pero de que pasa.. pasa y mucho.

  2. lindoconejito dice:

    Lamentable lo que ocurre en San Luis.

    Soy del Leon Guanajuato y tenemos gobiernos panistas desde hace mas de 10 años y creo que lo han hecho bien. Digo bien porque hemos visto que en materia de seguridad no anda tan mal la región. aqui NO hemos sido testigos de grupos armados. y hay muchisimos elementos de la policia que la verdad si le entran a lo que les toque.

    veo en muchos lados que los polis mas bien parece que son personas del aseo (con todo el respeto que me mececen estos utiles servidores) y de plano uno no podria sentirse seguro viendo en manos de quien esta la seguridad.

    El 2 de Enero de 1946, en Leon el propio gobierno priista disparó y mató con ayuda del ejercito a los manifestantes ahi reunidos para protestar.

    Desde entonces el pueblo leones no se deja de malos gobiernos y exige buenos gobiernos. Por eso digo que puede ser que allá aunque sea PAN no salga bueno como el PAN de aquí.

    ¿Quien dejó crecer al narco y les pedia mochada mientras hacian sus poderosos carteles ? R: EL PRI de siempre

    • Iztacalco dice:

      Creo que lo que estás haciendo es promover al gobierno de Guanajuato, siendo de los estados más conservadores en el país. Claro, está bien el argumento que tienes de que no se dejan, pero, no depende del gobierno, tú desprestigias al PRI y promueves al PAN, y se supone que aquí en el DF tampoco pasa nada, pero de todos modos por medios alternos me entero que también pasan cosas igual de violentas en colonias marginada, entonces no hay que irnos con la finta de la suerte del estado en donde se vive, si también me he enterado de la corrupción de policías de Guanajuato, y claro que yo no sé exactamente cómo sea el servicio porque no vivo allá, pero no olvides que eso puede pasar en cualquier estado, y más si no se dejan del gobierno.

  3. lindoconejito dice:

    Los invito a que vengan al Rally 2011
    1,200 elementos de policia en vigilando el evento

  4. Iztacalco dice:

    Tsss, aunque se supone que aquí en el DF no pasa nada, no falta mucho para que enfrente de mi prepa vea algo así, qué mal y qué intenso lo que pasó.

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